lunes 15 de agosto de 2011

I wanna do bad things with you(th)

Cuando cruzo las piernas frente a una mesa redonda me doy cuenta que yo siempre tuve 13 años o 24. Y es por eso que no me planteo los 360° vigentes sino que los daba por hecho. De todos modos comprendo que estoy colapsando cuando aparece Miqueas en sueños a reconfortarme como un conejo de 11 años, Abby Lockhart not-that-pretty-not-that-special y donación de órganos en su máxima idealización. Harry me llamó sólo para decirme dos cosas: que es la desmesurada mierda de criterio político que tiene el 50,7% del país lo que le hace desear irse a vivir a lo de su tía inglesa que adopta bebés rusas, y que en lo que respecta a nuestras vidas sentimentales, él siempre estuvo en un camino de tierra y yo en una autopista. Su visión minimalista no concibe la lógica de que uno de esos dos caminos es el más propenso a causar un trágico accidente por exceso de velocidad. And he loves you even though you used to say you were flawed if you weren’t free. Un punto de vista magnánimo, ¿no? Kei me escribe e–mails que me dan alivio y nostalgia, formula oraciones épicas como vos te graduaste hace un mes y ya te olvidaste del infierno social que es esta carrera repleta de forras presumidas con calzas y desórdenes alimenticios. Estoy sola, Proxy. SOLA y me asignaron como compañera de tesis a Julia Schmidt, la que habla en inglés cual retrasada adolescente de MTV y entona afirmaciones como si fueran preguntas: "And I think your sweater is awesome? And like, I’m totally sure my translation has a lot of mistakes? but I’ll read it anyway?" Hablá bien, hija de puta. Igual lee esto: 108 DÍAS. 108 días es lo que me falta para dar la última materia con Gigi e introducir el Black’s Dictionary en el abierto y disléxico orto de Julia Schmidt.