Recién cuando estábamos en el taxi me enteré que el cumpleaños de Ross era en un hostel. Y ya estábamos a dos cuadras como para inventarme un tumor espontáneo y regresar a casa. Cuando llegamos al lugar, una rusa on LSD abrió la puerta y me abrazó intensamente porque estaba muy feliz de verme flotar. Qué reconfortante. Y después lo de siempre: excentricidad sobrevalorada, luces violetas, hamacas colgando del techo, libros en el piso y un británico que cuando mi novio se fue al baño de la nada se me acercó para decirme que lo que estaba sonando era In Transit de Albert Hammon Jr. Buena parte de la noche transcurrió en ignorar recuerdos de un pasado imperfecto no tan pasado y observar cómo un argentino intentaba en vano robarle un beso a tres lesbianas noruegas que lo miraban con desprecio. También experimenté conversar en pareja con una pareja, lo cual me elevó cronológicamente. Además, creo que la novia de Ross ya no me odia tanto pues me dirigió la palabra por única vez para decirme detesto a estos hipsters extranjeros que usan las boinas de sus ascendientes y las drogas de esta generación. Me lo dijo ella con su corte de pelo a lo Tracyanne Campbell. Hipsters no-asumidos que odian otros hipsters. Claro. Y yo pensé que detesto lo mismo, pero que si estuviera sola y/o con amnesia selectiva-autoinfligida probablemente terminaría conociendo sus respectivas habitaciones individuales.