domingo 27 de noviembre de 2011

Moods don’t command you if you don’t know what you’re going through

Nicoke (Boyfriend me dijo que lo llaman así porque: he walks the line, inhales the line, sucks the line) y el adorable que se parece a Ross intentaron explicarme lo magnífico del solo de SYW que sonaba de fondo y yo desde la alfombra asentía distraída mientras separaba los Rainbow Nerds por color. Después se callaron a espera de mi aprobación y les manifesté que todo esto es muy hermoso pero está recontra hurtado de Rocky Racoon. Los dejé medio en bolas con este comentario porque si a estos sofisticados jazzeros–rockeros les tocás The Beatles o Queen entonces no te vas de la habitación sin que te den un seminario intensivo de teoría apreciativa del rock. Pero les tocás los dos al mismo tiempo y no saben cuál defender (cronológicamente no tienen opción). Así que la noche transcurrió entre ser una anfitriona neurótica y ser la única persona que ovula en una fiesta de siete amigos músicos con un ingenio elevado a lo dime con quién andas durante toda tu vida emocional y te diré por qué no eres. Pero pasan los años, las etapas, los ámbitos y todos aparecen por el mismo lado creativo. Con las horas las excentricidades y los análisis absurdos se vuelven mecánicos –mitad ellos criticaban el aporte de Christa Päffgen a VU mitad yo veía Atonement en mute– pero como siempre: hasta un punto. El punto de quiebre en otras épocas era irme con alguno de ellos cuando la histeria se volvía insostenible, pero como eso ya fue llevado a término de forma temporalmente permanente entonces la situación no sería más que la melancolía de the way we were. Así que a las 4 de la mañana me despedí con un musicians please take heed aplaudido, happy birthday my wonderwall y me fui a la cama a leer. Lo último que recuerdo es haber pensado que quería evitar quedarme dormida con el vestido celeste y haber escuchado que alguien en el piso de arriba llegaba a la conclusión de que absolutamente todos los temas de Aerosmith son striptease–friendly.